lunes, 12 de marzo de 2018

Va de cine. María Luisa Merino

Fotografía de María Luisa Merino


Va de cine. Mi deuda con él es infinita. Seré siempre el personaje de La rosa púrpura del Cairo, capaz de superar cualquier drama de la vida en cuanto atravieso la cortina de un cine. Me dejo prender por las buenas historias –no digo bonitas. El útero de la sala me hace renacer y me cura de morriñas. El cine marcó mi infancia. Jugábamos a “pelis” y Julia Criado, que era la Natalie Wood del grupo hacía de prota con Norberto; yo por ser la pequeña y la que menos pesaba tenía adjudicada la hermana de Ben-Hur. Ese reparto ha pesado en mi vida. El chico y Charlot fueron mi primera familia espiritual y Matar un ruiseñor marcó mi futuro. Ando siempre en busca de Atticus Finch. Otros amores precoces se sucedieron y tuvieron que ver con los Juegos prohibidos de René Clément. Todavía sobrevive por encima del horror de la guerra la tierna amistad de los niños.  


En los setenta fui una chica Annie Hall. Chaqueta americana y falda larga, sombrerito clochard  y corbata. Estudiaba periodismo y en la asignatura de cine me tocó Roman Gubern. ¡El dios de la teoría cinematográfica! Me compré a plazos su obra en dos volúmenes publicada por Danae. Todavía la ojeo y revivo, como la Milla Jovovich de El quinto elemento, las emociones que me producen las imágenes. En el 75 empecé la colección de entradas. Guardo de ese verano en París las de El último Tango, las de la filmoteca du quartier latin: Jules et Jim, China de Antonioni, y un montón de la nouvelle vague. Al volver, Franco se moría y yo me corté el pelo a lo Jean Seberg.


A finales de los ochenta me atacó la decepción democrática. Acabé, como buena parte de mi generación, decepcionada por las expectativas políticas. El derrumbe social coincidió con el mío propio. El mismo año Almodóvar me regaló una película y salí de los Renoir como la  Amanda Lys de La Flor de mi secreto, bañada en lágrimas bajo el sombrerito magenta, con la música desgarradora de Chavela Vargas en las entrañas y un abrigo de Roberto Verino que me había comprado en las rebajas.


Los noventa extendieron su Matrix global y su guerra de las galaxias. La realidad se fragmentaba por instantes, se licuaban las vidas sociales y personales a lo Zygmunt Bauman. Empezó la escalada de violencia: Pulp Fiction, Trainspotting, Reservoir dogs. El futuro no parecía mejor: Blade Runner, Mad Max, Me sentí envejecer prematuramente. Expulsada del único territorio que me había protegido siempre. Temí enfermar de amargura e impotencia. Pero en el 2001, en un cine de Uzés, en la Provenza, volví a reencontrar una parte de mí misma en Amélie Poulain. Fue entonces cuando decidí recuperar mi segunda inocencia.



La crisis provocó la primera escritura. La escritura terapéutica. El diario. Ya sé que eso no es literatura —salvo que se trate de Virginia Woolf o los Diarios de Kafka—, pero forjó una disciplina y un amor por la página en blanco que ha permanecido. Ahora, la labor será quizá atar esa escritura desatada que es más fértil para otros campos y que nada tiene que ver con la literatura.


Todo eso sucedió en  el siglo pasado. Ahora tenéis ante vosotros una escritora incipiente, adolescente(!), interesada ya no por el tiempo perdido, monologando en el Circular y en la Línea 1 como Molly-Joyce.  



¡Ah!, me llamo Marisa.

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